LA TERNURA DE SUSURRO

 

La Ternura Del Susurro

 

Valentina y primis, Antonia y  hermanos, por  la felicidad

Elián el balsero

Es la infancia el altar donde se madura la vida,  la que  pule al adulto y la que hechiza con su debilidad  todo lo que toca. ¿Quien se le resiste a un niño?  Dijo, para Luego continuar: ¿quieres  saber quien es buena persona?  —Revisa su actitud con los niños,  observa  como se comportan los niños con él— No me le pude negar.   Un débil niño  se usó como fortaleza, en esta adversidad. Sentenció, antes de continuar con las remembranzas de lo que  había vivido y que por la distancia en  el tiempo,    las describía como si fuesen un neutro  tercera persona.

Con la solemnidad que le da  su pasado, hablaba el  médico un día en el que   se apartó de su  retiro voluntario y trajo a  los presentes la narración de  su cesárea mas publicitada, para que las generaciones  que  lo  están sucediendo se informen y disfruten,  con lo que le sucedió a un médico que  aún en su vejez se enorgullece de su  capacidad de ser humano, para que los  niños  sepan que  siempre hay un adulto para  secundarles en sus sueños. 

Ya ella había recorrido  los consultorios de la ciudad, el parto estaba cerca. Todos los signos y el tiempo estaban cumplidos. Nadie, en la ciudad, se comprometió   para atenderla por eso  recurrieron a mi y me enviaron como  portavoz a Simoncito  quien en ese tiempo tendría algo menos de una década de vida.

 

  Era la época  en que dirigía el hospital de Latora,  la comitiva era grande,   la que llegó al hospital  precedida de una gran caravana del cuerpo de bomberos. Una extraña coincidencia hizo que  este parto iniciara con mucha popularidad y  que la paciente llegase en una  máquina enorme y ruidosa, con sus sirenas y campanas anunciando el  recorrido de la parturienta. Según la versión de los  contradictores, que hicieran publicar   en los diarios  locales

 Su  ayudante en  la cirugía recordó  que en ese tiempo   era médico  general.  Ahora es un eminente urólogo afamado por lo acertado en  manejar el tiempo. A él  le tocó  sacar la recién operada  con mucho sigilo  para que no  se  complicara la situación.

 Ese día  el hospital   permanecía reluciente por la actividad, muchos pacientes y muchas tensiones  entre la dirección y los trabajadores. Fuera de esto todo era normal, el sol del trópico  rebotaba en los pasillos, la  limpieza,  el olor a  medicina y la febrilidad en la acción de las enfermeras vestidas de banco y dulces cual copo de guanábana,  nos decían que  todo  andaba como debía ser, por lo tanto nada saldría mal. Años después   se pudiera describir este estado   con un todo bien, del futbolista samario.

La vida no se detiene y los exámenes  de los signos vitales  apremiaban porque  ese ser que estaba en su  útero no se asomaba a  ver la luz.  Si no se intervenía a tiempo  la gestante puede sufrir complicaciones  fatales y definitivas. La petición de un chiquillo  pesaba como una refinería, como un mandato de un general en plena batalla. Como pesan los sueños  cuando se van a cumplir.

 Todo tiene su tiempo y este  es reglamentado en los procedimientos y la administración,   los cuales indicaban la cesárea como de primera elección en el tratamiento

La cesárea se programó un viernes cerca del anochecer, al día siguiente se haría un aseo  mucho más riguroso que el de rutina y se dejaría descansar el quirófano  el domingo. Así que  aunque   se le estuviese   colaborando a un amigo,  no se interrumpiría con las funciones de la institución.

 El director  firmó la orden para que el portero dejara pasar la paciente.  La orden llegó a portería,  la orden fue acatada y allí empezó  la historia.

Las tensiones del sindicato  con el director   se reflejaron cuando el portero permitió  que el papelito,   para que siguiera la paciente, llegara a manos de los contradictores de la dirección. Nadie  pensaría  que una simple  atención a un amigo,  a un niño, llegaría ante  el propio ministerio  de la salud,  al más alto nivel.  Al ministro Arias.

 Susurro era  el apelativo cariñoso para el director. Hombre   corpulento como un vikingo  enamorado;  su voz se oía  en los contornos,  tanto que era transparente pues no  podía contar un secreto. Todo   lo que él dijera se escuchaba  a manzana y  media. Leal como el que más, también  lo era con las leyes y su institución, de ahí provenía  su  tensión con los trabajadores.

 En esas  épocas el sindicato solo pensaba en  el ingreso  para su trabajador,  visión reducida y de  catastróficas consecuencias.  En un par de décadas más, cuando los sindicalistas añorarían los tiempos en que podían protestar porque tenían sindicato y tenían empresas, aunque en esas calendas pasadas fueran inclementes con toda administración y mucho más con la de Susurro.

 La orden  fue cumplida por el portero.

Se dejó pasar la comitiva.  La paciente llegó al quirófano. Todo estaba meticulosamente organizado y preparado para la ocasión con su anestesiólogo, instrumentadora, ayudantes y por supuesto  el cirujano;   además, con la lámpara cielítica, con los guantes, oxigeno, instrumental quirúrgico completo, todo   lo necesario para una excelente intervención a cero riesgos.

La operación hizo   acelerar el corazón del cirujano pero el de la  paciente no.  Éste   junto con la respiración se detuvieron, la paciente  iba camino a la muerte;  hubo que entubarla ponerle oxigeno, masaje cardíaco y todo dentro  de la mayor celeridad pues se  sabía de los inconvenientes por una demora. Llegarían los fotógrafos, la prensa con su dosis de  popularidad a hechos intrascendentes haciéndolos pasar como información, los sindicalistas con su melodía   urticante.

 La sensibilidad por los niños en el corazón  de Susurro es superior a los inconvenientes que se le pudieran presentar.  Ya estaba un hijo a fuera, no podía dejar ese hijo sin madre, tenia que resucitarla. La operación, en si,  había sido un reencuentro con su juventud, con sus recuerdos del  hospital San Juan de Dios, en donde nuestro protagonista hizo su entrenamiento antes de recibirse como medico.

Antes  los temores lo embargaban, temores frente a lo desconocido.  Eran  los días  de práctica vigilada para vencer la ignorancia.  Fueron tantas las horas de práctica que   después de catorce operaciones se declararon varios perros, que las habían recibido,  como patrimonio     advita de la facultad de medicina, reconocimiento mínimo a los canes que  eran pioneros en  la  lucha contra el  dolor y la enfermedad humana, sirviéndole  en  el   aprendizaje a los imberbes estudiantes.

 Hoy el temor es contra  sus semejantes  que todo lo  somatizan, o lo  llevan al  corazón,  o al cerebro extraviado de la  sinrazón irracional. Por eso  el temor en la cirugía de hoy   era evidente  y real a pesar de  que todo se había planeado.  Los contradictores tendrían un banquete y la tranquilidad   del  Doctor  Susurro  se vería  puesta en una camilla del hospital irremediablemente averiada, cosa que no pudo hacer ni siquiera, el  guerrillero con su metralleta y sus compañeros de actividades el día que los  asaltaron en el campo de golf, “Todo el mundo al suelo”  –gritó el jefe de la escuadra ese domingo en la tarde—  Susurro le  ripostó, sin  arma e intimidándolo con su actitud, se atrincheró a disparar  con su voz de vikingo en celo,” a mi me matan pero de pie gran doble …”      Fue su respuesta. Le perdonaron la vida  y  la echada al suelo, pero el guerrillero se fue con su moral averiada y el recuerdo de su madre aun retumbándole en los  oídos.

 

Después de la operación todo sigue normal. Lo único memorable fue el sigilo  que guardó  el ayudante de cirugía, un medico general, para entregar sana y completa la madre con su neonato, con su producto que ahora sí    era permeado por la luz,  al niño que   la esperaba, a su propietario al poseedor de la fuerza para mover todo un hospital para  materializar su sueño.

 Pareciera un cuento de hadas en el  que colorín  colorado  todos comieron perdices de la felicidad. La calma vino al cirujano y a  sus ayudantes, el hospital  seguía en su frenesí de las urgencias. Todo bien, todo bien.

 El  sol del tópico  había cedido, la noche con el murmullo de los  zancudos y las luciérnagas que todo lo impregnan con su luz  imaginariamente real le  acababan de ganar  el espacio, pero las enfermeras   y el resto de  habitantes de ese mundo donde se lucha contra el dolor, en donde se fraguan momentos  sublimes de felicidad, seguía intacto.

La noche placentera  es el premio  para quienes  se entregan a fondo en su trabajo diario. A nuestro amigo cirujano se le entregó ese premio dos veces consecutivas porque al despertar encontraba el sol penetrándole  en la pupila.  El sol que serpenteaba por entre las hojas del palo de mango y que llegaba acompañado del gorjeo de  los azulejos y coronitas que él alimentaba en su mano, mientras les ponía a escuchar, por horas, el disco del hombre que todo lo silva;  Conservaba como un niño, la ilusión de armar un día su propia  orquesta  compuesta por solo plumíferos voladores para celebrar sus  ochenta años de existencia, es decir con  solo sus amigos, los pajaritos de su jardín, para que  le entonaran  el himno de su pueblo: LA POLLERA COLORÁ y así pasaron las noches del viernes  y la del sábado también.

 El amanecer del domingo;  su fabulosa comunicación con las chichafrías azulejos,  sinsontes, coronitas, etc, fue  matizada con varias llamadas que le  insinuaban  revisase la primera página del periódico local,  para que viera los titulares,  otras  mas le insinuaban que  revisara los diarios nacionales, pues  era él  quien  había   saltado  a la  comidilla de la farándula de los noticieros. Titulares que   hacían referencia  a una perra operada en un quirófano, mientras el pueblo adolecía  de recursos médicos, recorrieron  la patria entera.

 Y el sindicato   pudo, por fin, ganarle  y estrepitosamente, una,  al director. Eran proverbiales las luchas del sindicato y la administración, tanto que,   en  cierta  oportunidad    el director tomó su  descanso vacacional anual y  juntó otros días  más  para completar un mes  e irse  en un periplo  lejos del país, mientras las carpas de los huelguistas se apostaban en la entrada del hospital. Al regreso de su descanso reglamentario, ya pasado un mes,   el nudo entre la administración y su sindicato aún no se había resuelto las carpas estaban  más sucias, más húmedas y más negras del  moho que le sale cuando  se acumula lluvia y sol sin parar. Los motivos para acumular en el corazón seguían en aumento.

 En  ésta oportunidad  el sindicato encontró la prueba reina, la orden liberada por el director  para que el portero  dejara entrar  a una perra dálmata. SÍ,  fue la orden de entrada y entregada al portero del hospital, esa fue la  prueba reina, la que le  dio   pie a la prensa    escrita, la que  originó los titulares, la que  interrumpió la sombra del mango y el canto de las coronitas y  turpiales junto con el sueño de la orquesta de pajaritos interpretándole  la  cumbia mas famosa de todos los tiempos, la de la negra soledad  que baila al sonar de los  tambores.

 

Del   lecho apacible y  melodioso a la cumbre de la popularidad indeseada e intrascendente, a las llamadas para satisfacer la voracidad  de los medios. Todo en un instante. El  sindicato había empezado  el destorcer de la historia, la dulce respuesta se estaba dando   con el papel escrito en donde se  ordenaba  el ingreso de la perra dálmata al quirófano.  El calvario del Doctor Susurro  había empezado, los  golpes a  su estabilidad laboral habían empezado.

 La satisfacción de haber consentido a un niño aún  lo llena de  recuerdos dulces, la   cesárea de la dálmata  y sus ocho cachorros  es una escena de su vida que la recuerda con agrado y le alegra en su retiro.

  La ferocidad de las imputaciones salió de la prensa  a los  códigos y a las intrigas, el puesto de  este director  había empezado  a ser removido, no importara haber tenido dos veces  en  su despacho al señor presidente de la república, Doctor Turbay, revisándole las cuentas de los dineros  enviados; no importa nada el haber  acabado la rabia canina    en el municipio cuando  los índices  nos ponían entre los mas altos del mundo, igual cosa  hasta la fecha sucede con  la poliomielitis o parálisis infantil; que desde  ésa época hasta hoy no se  ha presentado un solo caso nuevo,  ni   son argumentos suficientes el haber disminuido   en mas de un  80%  la mortalidad infantil por enfermedad diarreica,  ni siquiera  su ojo clínico  puesto a prueba tantas veces como cuando el colchonero Santamarta, después de  un partido de fútbol y en medio de un par de centenas  de  personas, entre jugadores  e hinchas,   fingiéndose enfermo, se  tiró repentinamente y  gesticulando al piso,  Susurro  en presencia de este cuadro  suspendió la celebración y  comenzó a examinar al amigo, para terminar apretándole los testículos y diciéndole: párate que tu no tienes nada.   Ninguno de esos logros   era suficiente para contener la  creciente oleada que se desató con la operación de la perra dálmata y sus ocho cachorritos, hecho  que recorrió   los noticieros  como si  hubiese sido el incendio de Roma.  Nada valieron los logros ni las  exactitudes en el pago de los salarios, ni la  honradez  en el manejo del  erario publico, ni la cura del mal de ojo que adolecía la administración del hospital, ni la amistad con el presidente Turbay, nada de eso  nada en absoluto,  sirve en el momento en que los vientos de la tranquilidad  se han alejado.  Lo único que queda es la  frescura del alma de saberse  fiel a sus creencias en el ser humano y en especial cuando este   es un infante.

 Es la infancia el altar donde se madura la vida,  la que  pule al adulto y la que hechiza con su debilidad  todo lo que toca,  pues  es  la época en la que se amasan los sueños con el  barro  dorado de la inocencia.

¿El niño de la perra dálmata operada quien sabe donde andará?  De seguro que tendrá en su corazón  un  lugar  hermoso para un adulto y un rasgo de fantasía  le cubre cada amanecer.

El mundo sigue su curso, las pasiones son el motor de la vida,  la noticia de la dálmata  a la que se le hizo una cesárea en el quirófano del hospital, llegó al sillón del  ministro, por la vía de las presiones y de los códigos. 

Allí   en esas alturas nuestra información  queda perdida, ¿como llegó la información? ¿Como fue presentada?  No lo sabremos. Lo que si queda claro es que  pocos días después  sonó el teléfono en la dirección del hospital, una llamada de tantas  que se recibían   en la dirección:

A la orden Dijo  el director—-

Buenos días doctor, ¿como está usted? —-

La voz era   conocida, muchas veces antes  se habían cruzado en diferentes diálogos, siempre en funciones de dirección. La confirmación de cuanto había crecido  el oleaje que se inició en una orden de ingreso, era esa llamada.

Le habla el ministro Arias señor director—  no se necesitaba esa presentación, era suficientemente conocido, tal vez,  fue un asunto de rutina.

Tengo información—continuó el ministro –de   que ¡operaste una perra  mi querido director!

Si, señor.

 Sí, la  operé —contestó  desde Latora nuestro amigo–

Mira es que, la información es abundante, los periodistas y el sindicato hacen preguntas y presionan, ¿en donde operaste la perra?—era la pregunta fatal y definitiva no había elección para un hombre transparente y leal a sus convicciones

Hubiera sido fácil una respuesta evasiva,  o un no  rotundo a todas las imputaciones, de esta manera su calvario  habría empezado a ceder.

“EN DONDE OPERAMOS LOS CIRUJANOS”—Fue la respuesta de nuestro amigo Susurro, serena y sin titubeos y en esas cinco palabras echó su suerte que, no fue  a los dados sino a la lealtad y a la transparencia—

 

Veré  que puedo hacer, dijo el ministro, un hombre como usted no lo podemos dejar ir.—

 

AUTOR: Dr. Alvaro Dìaz J.

Barrancabermeja, Colombia

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